La estacionalidad turística, el viejo enemigo

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Uno de los mayores lastres que acarrean los establecimientos hoteleros fuera de la temporada alta es la famosa estacionalidad, término que alude a la concentración en épocas determinadas de la mayoría de corrientes turísticas, siendo un fenómeno que se repite año tras año principalmente en los destinos de sol y playa, que tanto dependen de la climatología y cuyos atractivos están ligados al disfrute de la costa. La consecuencia es la baja ocupación y, por ende, la necesidad de cerrar el establecimiento en fechas críticas con el fin de aminorar las pérdidas. Ante esta situación enquistada desde siempre y sin visos de resolverse a pesar de infructuosos intentos, se han propuesto diversas medidas para suavizar la curva descendente de la demanda y mantener un cierto nivel de ingresos. Dado que es una tarea infinita citar aquí tales medidas, centrémonos en un caso particular, que es el que nos atañe: Altea.

Altea es un municipio costero que, en teoría, habría de ser víctima de la temida estacionalidad, sí, aunque, sin embargo, cuenta con algunas armas para combatirla: la creciente consideración de Altea como destino de gran calidad cultural (la declaración del Casco Antiguo como Bien de Interés Cultural, la puesta en valor de artistas y talleres alteanos) contribuye a atraer otro turismo distinto que no depende del clima, a lo que hay que sumar las características naturales de nuestra geografía, idónea para grupos senderistas, y las condiciones relajantes de nuestro entorno, que asimismo resultan un reclamo para el Turismo de salud. Aunque el agente turístico finaliza la temporada alta agotado por la intensa actividad veraniega y es comprensible caer en el letargo, es importante reaccionar e impulsar fuentes de abastecimiento que permitan una continuidad.

 

 

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